En medio de la zozobra generada por el terremoto de magnitud 7.4 que sacudió Colombia, específicamente en las ciudades de Cali y Pereira, ha surgido una respuesta comunitaria centrada en el soporte humano más elemental: los abrazos. Tres días después del sismo ocurrido el 13 de agosto de 2026, la solidaridad se ha materializado no solo a través de la logística humanitaria tradicional, sino mediante iniciativas colectivas que buscan aliviar el trauma psicológico de las víctimas. En un contexto donde la búsqueda de desaparecidos continúa mientras se agota el tiempo crítico para hallar sobrevivientes, espacios improvisados han surgido como refugios emocionales.
El valor del apoyo emocional en medio del desastre
En el sector Capri, una de las zonas más afectadas donde los escombros y hierros retorcidos hacen irreconocible la zona, Andrés Solomón, un músico caleño de 46 años, ha establecido un puesto para brindar abrazos a quienes han perdido todo. Según declaraciones recogidas por AFP, Solomón manifiesta su solidaridad con sus paisanos desde entre dos árboles y carteles improvisados. "Estamos atravesando un trauma colectivo y creo que la mejor manera también en la que podía ayudar era, pues, regalando la energía que tengo y la vitalidad que me queda", afirmó el voluntario.
Solomón sostiene que, además de las ayudas materiales como medicinas o alimentos, es crucial apoyar "escuchando a las personas, abrazándolas, sintiéndolas e invitándolas también a que se suelten todo ese dolor que tienen reprimido por la situación". Este gesto no solo beneficia a los damnificados directos, sino que sirve de descarga emocional para socorristas, personal de salud y funcionarios locales que cargan con una fuerte presión psicológica.
Balance oficial y respuesta colectiva
La autoridad de gestión de desastres ha reportado un balance preliminar de 281 muertos y más de 3.900 heridos en todo el país, además de 379 desaparecidos, cifras que podrían aumentar debido al subregistro. Ante esta crisis, la respuesta social se ha traducido en diversas iniciativas: desde ollas comunales para distribuir comidas hasta donaciones masivas de ropa y refugios temporales.
Lyda Arias, presidenta de la Confederación Evangélica de Colombia, y Oriana Ordoñez, estudiante de derecho, son parte del grupo de voluntarios que buscan dar una voz de esperanza. "Mis compañeros, muchos quedaron sin vivienda y están pasando un momento muy difícil... realmente por dentro están muy tristes", señaló Ordoñez, reflejando la necesidad imperante de reconfortar a la población en su dolor mientras se espera el fin de las 72 horas críticas para encontrar sobrevivientes con vida.