José Unda (Quito, 1948) se ha consolidado como una figura singular en el panorama del arte ecuatoriano contemporáneo. A sus 76 años, este artista plástico dedica su vida a la creación de una obra abstracta que busca explorar la esencia humana y el universo, manteniéndose deliberadamente alejado de los circuitos comerciales y las tendencias efímeras del mercado del arte. Su trayectoria se caracteriza por una profunda coherencia entre su vida privada y su producción artística.
Un estilo de vida ascético y dedicado al oficio
La biografía de Unda refleja un compromiso absoluto con su oficio. Reside en un modesto condominio de la comuna de Tumbaco, lejos de los centros elitistas y las mansiones que proliferan en ese valle. Cuando acude a la ciudad, lo hace utilizando el transporte público, ignorando las comodidades que podrían ofrecerle su estatus. Esta elección de vida, descrita como una soledad genuina, no es un aislamiento por desidia, sino una estrategia para proteger su proceso creativo. Su apariencia, a menudo comparada con la de un monje, y su vestimenta sencilla —gorras confeccionadas por él mismo, campera de dril y zapatos de lona— son el reflejo exterior de su disciplina interior.
La metafísica en el lienzo
El arte de Unda se define por su carácter atemporal y metafísico. Sus lienzos no buscan representar la realidad de manera naturalista, sino acceder a estadios profundos del ser. A través de trazos, colores y formas que desbordan el encasillamiento tradicional, explora temas como el tiempo-espacio, las danzas ancestrales, el vacío y la conexión entre el hombre y el cosmos. Su obra es descrita como una "exhalación sobrecogedora de sus profundidades", donde convergen celebraciones milenarias y vislumbramientos de distancias insondables. Para Unda, el arte es un medio para descubrir lo esencial, aquello que yace tras la envoltura volátil de lo contingente.
Rechazo al mercado y legado cultural
Una de las características más distintivas de Unda es su absoluto desasimiento frente a la fama y la fortuna. Durante su estancia en Canadá, donde comenzó a abrirse mercado, y ante las oportunidades que rondaban en Europa, eligió regresar y mantenerse en Ecuador. Esta decisión ha generado reflexión en el ámbito cultural, especialmente en un contexto donde la cultura ecuatoriana ha enfrentado desafíos significativos. A pesar de que centenares de sus obras, especialmente las realizadas en papel, permanecen en su poder o han sido donadas a instituciones como la extinta Casa de la Cultura Ecuatoriana, Unda prioriza la integridad de su mensaje sobre el reconocimiento comercial. Su figura representa un ejemplo de resistencia artística y pureza creativa en un mundo saturado de ruido.