El reciente fallecimiento de figuras emblemáticas como la colombiana Totó la Momposina y el ecuatoriano Gustavo Velásquez, conocido como el 'Amo de la Cumbia', ha generado un profundo duelo en América Latina. Sin embargo, esta pérdida también ha servido para visibilizar una deuda cultural pendiente: la necesidad de honrar a los grandes artistas mientras aún están vivos. En Ecuador, donde estos músicos han sido pilares fundamentales de nuestra identidad sonora, se hace imperativo cambiar el paradigma del homenaje póstumo por uno de reconocimiento activo y permanente.
La cultura del duelo tardío
Tras la partida de Velásquez, quien acompañó generaciones con su música en fiestas y reuniones familiares, llegó una avalancha de mensajes de nostalgia. Si bien estos gestos son naturales y necesarios para el proceso de luto colectivo, revelan un patrón cultural problemático: a menudo nos volvemos expertos en rendir tributo solo cuando el testamento ya se ha abierto. Los homenajes póstumos tienen su belleza estética, pero poseen una limitante irreparable: el homenajeado no puede escucharlos ni disfrutar del reconocimiento que recibe.
Artistas vivos y patrimonio sonoro
Mientras lamentamos a Totó la Momposina en Mompox y recordamos a Velásquez en Ecuador, existen maestros activos que continúan sosteniendo nuestro templo musical. Figuras como Polibio Mayorga, descrito por muchos como un 'David Bowie cumbiero' por su capacidad de fusionar ritmos populares con sonoridades modernas; el maestro Eduardo Zurita, cuya elegancia al piano elevó la sensibilidad del pasillo ecuatoriano; y Héctor Jaramillo, el 'Señor del Pañuelo', quien a sus años sigue siendo una figura inseparable de las fiestas nacionales. Estos artistas no solo interpretan repertorios, sino que constituyen parte de la memoria afectiva del país.
Acciones concretas para valorar al artista
Honrar a un músico ecuatoriano no requiere necesariamente erigir estatuas o nombrar teatros con sus nombres. El reconocimiento más efectivo comienza con acciones cotidianas: escuchar su obra, compartirla en el hogar y llevarla a las nuevas generaciones para que conozcan quiénes hicieron bailar al país. Consumir música nacional debe dejar de sentirse como una obligación patriótica para convertirse en un acto de disfrute genuino.
La identidad no siempre reside en lo más sofisticado, sino en la canción que suena en un bus interprovincial o en una radio local. Para evitar el error de la tardanza, es necesario subir el volumen a nuestros artistas actuales, documentar sus historias y facilitar su acceso a escenarios importantes. Las flores puestas a tiempo suelen alegrar; las puestas después solo sirven para recordar lo que pudo haber sido un reconocimiento más pleno.